Bien temprano. Antes de las nueve ya nos reuníamos en el vestíbulo de aquel antiguo espacio para carruajes, en el edificio de la Enher. Sí, el edificio Fuster, símbolo de aquella Barcelona modernista de amplias miradas artísticas. El frío que pasaba como afilado cuchillo cuando abrían la puerta que daba al Passeig de Gràcia o al angosto carrer de Gràcia, nos obligaba a arrinconarnos buscando el calorcito de las paredes mientras el Sr. Pareja (padre de Quico) se movía con la chaqueta abierta sin necesitar abrigarse mientras nos espetaba ¡Vaya juventud! Allí, ya estaba Burillo y enseguida el Sr. Farrés nos saludaba y enfatizaba sobre el partido que aquella mañana tendríamos que disputar en la pista del Myrurgia y como era de suponer... ¡ganar!
¡Cómo nos sentíamos! Protagonistas ilusionados de aquella liga que inevitablemente nos llevaría a enfrentarnos con nuestro rival “preferente”, el Aismalibar de Moncada
Colaborando en el trasiego del utillaje íbamos ocupando nuestros asientos en aquel autobús que nos servía de antesala al desafío deportivo. Hilvanando conversaciones que ineludiblemente derivaban a los temas tradicionales del Barça, el trabajo, los estudios o la familia, por ese orden descontábamos el tiempo del desplazamiento. Aquel ambiente distendido nos evadía y acompañaba hasta que desembarcábamos y enfilábamos el camino de los vestuarios. Los espartanos locales que identificaban el lugar de nuestras mudanzas podrían calificarse, ahora y desde la distancia del tiempo transcurrido, como celdas intemporales, inhóspitas pero inevitables. Desnudos y sin ventanas, aquellos espacios se significaban por su glacial atmósfera de la que buscábamos abandonar lo antes posible.
¡Adaptarse o fracasar en el intento! No se disponía de calefacciones ni de agua caliente. ¡Qué remedio! Friegas con linimento, saltos y enérgicos movimientos aliviaban los inevitables tiritones.
Y ya estábamos haciendo la rueda mientras mirábamos de refilón a los que se movían en la otra canasta reconociendo sus destrezas o anotando sus carencias. Los tableros de aquellos años 70, en muchos casos todavía eran de madera con un rebote no siempre previsible.
Sonaba el silbato, del inconfundible Torregrosa que entonces era el único árbitro y no la terna de la actualidad y el balón al aire señalaba el inicio del partido. Defensas sofocantes, pases bien ejecutados y tiros claros constituía el principio de nuestro esquema de juego. Y cuando la situación se ponía cuesta arriba pues ... a pedir tiempo que perder no entraba en nuestros planes. Y se anunciaban cambios de jugadores y de táctica y vuelta a la pista. Con la lección asimilada el marcador se daba la vuelta y como el segundo tiempo se aproximaba a su desenlace, los siete puntos que habíamos conseguido de diferencia lo administramos hasta el pitido final resultando una victoria más,esta vez con dificultades no previstas. Los amarillos se encaramaban a la cabeza de la clasificación de la Liga de Educación y Descanso.
Aquellos partidos confirmaban, domingo a domingo, al equipo de la Enher como uno de los favoritos a conquistar el campeonato. Y ese pronóstico se repetía temporada tras temporada.
Aligeradas las tensiones deportivas, duchados y aseados indefectiblemente buscábamos un refrigerio en el bar más próximo como epílogo de aquella mañana de domingo que se repetía cada semana. Veremos quién nos tocaría en el próximo enfrentamiento..
¡Ah y a ganar! Eso dalo por asegurado
Así he reconstruido esos recuerdos deslabazados e imprecisos que llenaban nuestros tiempos libres y gustos deportivos.
Curro Díaz